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EFEMÉRIDES . 13 de septiembre . Fundación de la Biblioteca Nacional (1810)

publicado a la‎(s)‎ 13/9/2012 5:05 por Julio Mendoza

Fundación de la Biblioteca Nacional

Hasta 1936, todos cuantos escribieron aun de refilón sobre Mariano Moreno habrían considerado incompleta su historia de no repetir en ella la afirmación de que “fundó” la Biblioteca Nacional.  Este suceso era presentado como una hazaña hercúlea, y ningún historiador hubiera osado omitirlo, por ser el único hecho concreto en la retahíla de afirmaciones grandilocuentes que contribuyó a difundir y acreditar el error.

Sin embargo, la fundación de nuestra Biblioteca Nacional por Mariano Moreno, es el más endeble artificio de la historia argentina.  Ha circulado un siglo sin observación de nadie, pero ha entrado ya en el período de una galopante desmonetización.

Citemos unas palabras de Mitre, que otrora contribuyó a difundir y acreditar el error: “Así es como la crítica histórica –dice-, apoyada en los documentos va destruyendo los juicios infundados y vulgares de esa especie de tradición, que no es sino la murmuración póstuma, que llega a confundirse con aquélla.  Pasa de boca en boca, como corre de mano en mano la moneda de mala ley, confundida con la buena, hasta que alguno se le ocurre ensayarla y encuentra que es falsa”. (1)

Exactamente eso venía ocurriendo desde tiempo inmemorial.  Nuestros historiadores recibieron y fueron pasándose aquella moneda y así anduvo por cátedras y escuelas, hasta que a alguien se le ocurrió ensayarla y descubrió la falsificación.

¿Pero por qué motivos causó tanto escándalo una denuncia de falsedad, que en otra oportunidad habrían agradecido aun los que inocentemente cayeron en el error?  Porque la figura de Mariano Moreno es tabú, y la fundación de la Biblioteca era su mejor título de gloria.

Como el libro ha llegado a ser el símbolo de nuestra civilización, cualquier libro, hasta el más inmoral y pernicioso, adquiere a los ojos de ciertas personas un carácter divino, y las bibliotecas son sus templos sacrosantos.

El libro es un dios; la biblioteca es un templo, y puesto que Mariano Moreno fundó la Nacional, hay que venerarlo más que a Belgrano, que fundó la bandera, más que a San Martín, que fundó la patria.

¿De dónde salió la primera versión, que como bola de nieve rodó cuesta abajo y se transformó en la imponente patraña que tanto nos ha costado poner en tela de juicio?

Ningún otro capítulo de la historia argentina ha sido tan adulterado como éste.  Unos con malicia y otros con ingenuidad, sin averiguar los fundamentos de la noticia, la han reproducido y la han afianzado.  Decimos que la han afianzado, porque nunca dijeron de dónde la habían tomado.

Si lo hubieran dicho, se habría visto que todos copiaban textualmente a alguien, cuyo testimonio era muy discutible.  Es claro que un historiador no puede allegar él solo todos sus materiales.  Forzosamente ha de aprender algo de otro.  Hay hechos aceptados universalmente, que es necedad y presunción ponerse a discutir.  Pero no conviene trabajar con herramientas prestadas, ni mirar siempre las cosas con los ojos sin ojos de las calaveras.

Confesamos no ser fácil rastrear el origen de ciertas especies que habiendo circulado durante mucho tiempo, en libros de todo tamaño, aspiran a convertirse en axiomas históricos, que no se demuestran.  El historiador que repite asertos vulgares nunca dice de dónde los toma.  Sólo cuando una afirmación ha sido extraída personalmente de un documento inédito, de un archivo inexplorado, suele referir con fricción la procedencia de sus datos.  Pero cuando los toma de otro autor, mayormente si es un autor de segundo orden o de poco crédito, considera indigno mencionarlo.

Con sospechosa unanimidad y usando casi las mismas palabras, los historiadores dan como fundador de la Biblioteca Nacional a Mariano Moreno.

Es indudable que si se hubiera podido decir que la noticia sobre la fundación de la Biblioteca se hallaba en alguna obra insospechada, por ejemplo en tal libro del Deán Funes, adversario de Moreno, o en tal carta de Belgrano o de Rivadavia, o en tal decreto oficial, no se habría omitido la referencia, porque ella imprimiría al dato un sello de autenticidad.

Pero declarar que lo de la pretendida fundación no lo dice ningún contemporáneo, ni aparece en ningún papel de la época y solamente figura en una biografía que se publicó en forma anónima del prócer, que no es historia, sino panegírico, y cuyo autor después de descubrió, fue su hermano Manuel Moreno, declarar eso equivalía a quitar toda veracidad a la noticia.

Por eso los primeros que la divulgaron se abstuvieron de explicar su fuente, y los que vinieron luego la tomaron por cosa juzgada y así la repitieron.

Hasta 1936, Moreno apareció sin disputa como el fundador de la biblioteca.  Pero ese año se realizó en Buenos Aires el Congreso Internacional de Historia Americana, y una de sus solemnes sesiones, que tuvo lugar en la antigua Biblioteca Nacional, fue abierta con un discurso del Director de la casa, sobre Mariano Moreno, cuya estatua decoraba la galería del salón de lectura.

Los historiadores, que hasta entonces habían sostenido sin una sombra de discrepancia que “Mariano Moreno fundó, etc.”, escucharon la escandalosa cuestión que alguien, que no era historiador, se atrevía a plantear en contra de “la verdad oficial”.  Y no pocos de ellos pensaron que el que había osado descubrir esa verdad no oficial, se había suicidado administrativamente.

En aquella oportunidad dijo el Director de la Biblioteca Nacional que creería pecar de pusilánime si no sometía a su auditorio un modesto problema histórico, que, de tiempo atrás, lo llenaba de escrúpulos.

El también, en diversas publicaciones de la Biblioteca Nacional, había atribuido a Mariano Moreno el honor de su fundación.  Lo había hecho por pura ignorancia, repitiendo como un loro, lo que todo el mundo decía, hasta que un día se propuso investigar el punto detenidamente y se sorprendió de no hallar la más mínima prueba, no ya un documento, pero ni siquiera un indicio en que pudiera apoyarse la conocida afirmación.

Prosiguió estudiando no solamente en los libros, sino en los archivos y sin poder declarar que hubiese agotado los documentos, porque toda búsqueda de papeles es interminable, un día pudo afirmar categóricamente, que nada autoriza a presentar a Moreno como fundador de la Biblioteca Pública de Buenos Aires (actual Biblioteca Nacional), y que, por el contrario, hay pruebas de que su intervención en el asunto fue insignificante y hasta perjudicial.

La confusión en que han incurrido tantas personas de buena fe, se explica porque se limitaron a repetir, sin mayor análisis, lo que dijo el primer biógrafo de Mariano Moreno, don Manuel Moreno, en sus laudatorias del personaje, o lo que otros dijeron copiándolo.

Se comprende que para historiadores, preocupados de temas de mayor envergadura, la cuestión carezca de interés.  Mas para los que trabajan en la Biblioteca Nacional, no es cosa tan baladí esto de seguir repitiendo un lugar común tan fofo.

La más completa historia de la Biblioteca Nacional que conozcamos, la ha escrito, con sustanciosa y elegante brevedad, el que durante 44 años (1885-1929) fue su Director, Paul Groussac, en el magistral “Prefacio del Catálogo Metódico”, publicado en 1893.

Por ser la primera y a pesar del cuidado con que acopió sus materiales y de la limpieza de su redacción, no podían dejar de filtrársele algunos errores.

Allí, en ese Prefacio, se ha autorizado y difundido el mencionado error.  Se lee allí lo siguiente: “A los pocos días de decretarse la fundación de la Biblioteca, afluyeron de todas partes las dádivas en libros y en dinero, que formaron la base primitiva de la Institución.  El Cabildo eclesiástico hizo entrega de los libros donados por el Obispo Azamor…  El Colegio de San Carlos incorporó toda su librería, y su rector, don José Luis Chorroarín, le agregó la suya particular.  Igual desprendimiento mostraron don Manuel Belgrano, la señora de Labardén, el doctor Agüero, el protomédico Miguel O’Gorman y algunos otros.  Arrastrada por el entusiasmo irresistible de Moreno, la población urbana, sin distinción de nacionalidad, tomó a honra responder al alto llamado.  Contribuían los ricos con centenares de pesos, los pobres con su óbolo más meritorio aún…  Hasta el venerable Registro de Donaciones, que se empleó hasta 1875, es regalo del Vocal de la Junta, don Juan de Larrea”. (2)

Estas líneas nos despertaron una doble curiosidad:

1º) ¿Cuándo y dónde había hecho Moreno ese “alto llamado”, a favor de la Biblioteca?

2º) ¿Cómo habían respondido él y su hermano Manuel a ese llamado tan irresistible que arrastró “a la población urbana sin distinción de nacionalidad”?

Era fácil saberlo, pues por fortuna se conserva el precioso Registro de Donaciones, iniciado en el mismo año de 1810.

Sobre la primera cuestión, no hemos hallado, ni creemos que exista nada que pueda denominarse “llamado de Mariano Moreno”, o sea una invitación suya entusiasta e irresistible al pueblo de Buenos Aires para contribuir con donativos a formar la Biblioteca recién creada.

Existe, publicado en La Gaceta del 13 de setiembre de 1810, un artículo que comienza: “Los pueblos compran a precio muy subido la gloria de las armas…”

Este artículo termina así: “esperando que los buenos patriotas propenderán a que se realice un pensamiento de tanta utilidad, abre una suscripción patriótica para los gastos de estantes y demás costos inevitables, la cual se recibirá en la Secretaría de Gobierno; nombrando desde ahora por bibliotecario al Dr. D. Saturnino Segurola y al Reverendo P. Fray Cayetano Rodríguez, que se han presentado gustosos a dar esa prueba de patriotismo y amor al bien público, y nombra igualmente por Protector de dicha Biblioteca al Secretario de Gobierno Dr. D. Mariano Moreno, confiriéndole todas las facultades para presidir a dicho establecimiento y entender en todos los incidentes que ofreciese”. (3)

El artículo es anónimo y no hay razón valedera para atribuir a Moreno su paternidad, y sí sobrados motivos para pensar que fuese de Manuel Belgrano, redactor del periódico en aquel tiempo.  Ya veremos esto más adelante.

Tampoco es tan irresistible su “alto llamado” a contribuir con donaciones, pues el mismo Moreno y su propio hermano supieron resistirlo, como también se verá enseguida.

En la paternidad de ese artículo periodístico llamado por el historiador Levene “brillante decreto” pretenden ver la prueba de que Moreno fue el fundador de la Biblioteca.  Pero en buena lógica de allí sólo se desprende que la Junta lo designó Protector.

¿Qué significa aquel cargo de protector?  ¿Era acaso el reconocimiento de que la idea de la fundación había sido suya?  De ninguna manera.  En las instituciones antiguas existía generalmente un personaje a quien se le confiaba la protección de sus intereses, de sus privilegios, en una forma que lo comprometía a dedicarle toda su diligencia.

Así por ejemplo, en las antiguas universidades se designaba solemnemente un Conservador de los Privilegios, cargo equivalente al que se usó en el Río de la Plata, de Protector de diversas instituciones.

Y así como a nadie se le puede ocurrir atribuir a un Conservador de los Privilegios de la Universidad de París el que se le haya designado tal porque él fuera su fundador, a nadie se le debe ocurrir que el haber sido Moreno protector de la Biblioteca, signifique que también fue su fundador.

Máxime, cuando sólo de nombre fue su protector, pues bien poco se acordó de ella, cosa que también veremos enseguida.

¿Cómo se concibe que si la obra de la Biblioteca hubiera sido suya, habría permanecido tan remiso, en medio del entusiasmo general?

En el “Registro de Donaciones” y en las copiosas listas de suscriptores que publicaba La Gaceta, se leen los nombres más variados y los donativos más diversos; y algunos, por ejemplo los de Belgrano o Chorroarín, se repiten y figuran con una interminable relación de ricos libros; mientras que el nombre de Mariano Moreno sólo aparece una vez como donante de una obra en latín: “Comentarios” de Baldo, de escaso interés, y el de Manuel Moreno no aparece ninguna.

Ambos, sin embargo, hombres de letras, poseían bibliotecas privadas; y el segundo cuando murió en 1857, dejó a sus herederos la más rica biblioteca que hasta entonces había en Buenos Aires. (4)

Existe en el Archivo General de la Nación una nota original de Mariano Moreno, dirigida al Cabildo en 12 de noviembre de 1810, que es una confesión palmaria de que la iniciativa de la Biblioteca era una idea vieja, que no le pertenecía a él. (5)

Moreno invoca allí su calidad de protector, no de fundador, y pide al Cabildo recursos para abonar el sueldo de dos bibliotecarios, y como justificación de tal pedido en tiempos de tanta penuria, les recuerda que la Biblioteca fue proyectada antes de las invasiones inglesas, “por el Cabildo mismo”.

Leamos esto que Moreno escribió de su puño y letra: “El honroso cargo que la Excma. Junta me ha conferido de protector de la Biblioteca pública de esta Ciudad, me pone en la obligación de solicitar todos los arbitrios conducentes a la firmeza y duración de este establecimiento.

“Cuando entraron en esta Capital las tropas del general Beresford se disponía ese Excmo. Cabildo a costear con sus fondos una Biblioteca; y aún los capitulares expulsos no se hallaban distantes de auxiliar la que se está formando”.

¿Puede nadie creer que si él hubiera sido el fundador, habría dejado de aludir a su propia iniciativa, para concedérsela únicamente al Cabildo?

Por el contrario, les recuerda así: los cabildantes anteriores a usted, que fueron expulsados por la Revolución, tuvieron ya, desde antes de las invasiones inglesas la idea de una Biblioteca pública y el deseo de ayudar la que se está formando, sin los recursos oficiales, que yo vengo a pedirles ahora.

Ya veremos más adelante cómo había sido el canónigo Chorroarín el que antes de las invasiones inglesas promovió la fundación de una biblioteca pública.

Entre tanto ya se está viendo, por manifestación del propio Moreno, que él no es más que el protector de una institución cuya idea no le pertenece, pues viene de lejos.

En cuanto a la protección que le dispensó fue bien escasa, y en algunos momentos del todo perjudicial.

Hay, en efecto, también en el Archivo General de la Nación, una carta de José María Romero a Bernardino Rivadavia, en 18 de febrero de 1812, demostrativa de que Mariano Moreno no fue considerado por sus contemporáneos como fundador de la Biblioteca, sino simplemente como Protector oficial de ella; y que en este sentido le prestó tan escasa atención, que más bien la perjudicó, privándola de donaciones que se le habrían hecho, pero que él, “con su indiferencia o desprecio” rechazó.

Esa carta nos revela que Moreno se había interesado por el donativo de cierto Atlas, pero su dueño, José María Romero, no lo tenía ya cuando él lo pidió y ofreció otros libros, que Moreno rechazó desabridamente, ofendiendo al generoso ofertante.

Si Moreno hubiera sido el fundador de la Biblioteca, no habría manifestado tal desabrimiento hacia quien ofrecía lo que tenía y no podía dar lo que ya no tenía; puesto que él mismo, hombre de libros, como abogado que era, no dio a la naciente institución más que una obra, que hace bien pobre figura junto a las cuantiosas donaciones de Belgrano, de Chorroarín, de Segurola, de todos los contemporáneos que de verdad se interesaban por la institución.

El poco entusiasmo de Moreno por la Biblioteca Pública se advierte mejor todavía en el hecho de que, a pesar de los muchísimos libros y del abundante dinero que le entregaron desde el principio, no apresuró su inauguración; y más bien intentó descargarse de esa preocupación pasándola al presbítero Chorroarín.

Y no se diga que fuera imposible andar más rápidamente.

También la Escuela de Matemáticas se fundó en 1810.  La Gaceta del 23 de agosto, anuncia que el Vocal de la Junta, doctor Manuel Belgrano, como Protector de ella, prepara con actividad su instalación.

Veinte días más tarde -12 de setiembre-, se realiza, en efecto, la solemne inauguración y pronuncia el discurso de apertura el propio Belgrano y lo sigue en la palabra Felipe Sentenach, el cual elogia “las virtudes y patriotismo que adornan al ilustre Mecenas, quien protege a la Academia”. (6)

Esta alusión a Belgrano revela que la protección dispensada era efectiva y se traducía en acción y en dinero de su bolsillo.  Si Belgrano fue tan diligente Protector de la Escuela de Matemáticas, y si además la ayudó como Mecenas y la inauguró personalmente, ¿Por qué no se dice que él fuera su fundador?

¿Y por qué se dice que Moreno fundó la Biblioteca Pública, si solamente fue Protector de nombre y ni siquiera la vio funcionar?

En las listas de donaciones encontramos una del famoso y maltratado obispo Lué, que entrega 500 pesos fuertes, y otra de José Martínez de Hoz, que da tres onzas de oro junto con una preciosa y valiosísima “Geografía Universal”, de Blaeu, en 10 gruesas “in folio” con admirables grabados.

Pero los hermanos Moreno, ni libros, ni dinero.  Cuando pocos meses después Mariano Moreno se embarcó para Europa, llevándose la representación diplomática del país, y 20.000 pesos fuertes en el bolsillo, amén de un sueldo fabuloso para la época (8.000 duros al año) (7) pudo acordarse de “su fundación”, y dejarle algún dinero, mas no se acordó.

De esto se deduce lógicamente, que si a Mariano Moreno no le interesaba aquella criatura, es porque no era su padre.

¿Cómo contrasta su actitud con la de San Martín y la de Belgrano!

Después de la batalla de Chacabuco, el Cabildo de Santiago de Chile, en nombre de la nación que acababa de libertar, envía a San Martín 10.000 pesos fuertes en onzas de oro.  El mensajero lo alcanza en plena cordillera, camino de Mendoza.  El general agradece el obsequio y lo devuelve destinándolo íntegramente a la fundación de una biblioteca pública en la capital de Chile. (8)

Veamos a Belgrano.  Cuando después de la batalla de Salta el gobierno argentino obsequió al general Belgrano la suma de 40.000 pesos fuertes, el gran hombre procede en la misma forma, y con generosidad y sin discursos, rehusa el enorme donativo, destinándolo íntegramente para fundar cuatro escuelas, cuya reglamentación él mismo redacta.

¡Qué alaridos triunfales no lanzarían los panegiristas de Moreno, que han hecho tanto ruido alrededor de hazañas insustanciales, si pudieran referir de su héroe algo como esto!

Pero no hay en toda la historia argentina ejemplo de fortuna más parsimoniosamente administrada que la de Mariano Moreno.

Mariano Moreno no podía afirmar haber costeado ni un ladrillo de la casa que ha venido a ser, por obra de la historia dirigida, parte principalísima de su pedestal.

No le dedicó su dinero, dirán sus devotos, pero le consagró sus afanes y su tiempo.  ¡Tampoco eso!

Este fue otro de los motivos que nos infiltró la duda acerca de la veracidad de nuestra historia oficial, que es historia dirigida.  La displicencia de Moreno hacia la Biblioteca no se mostró sólo en la exigüidad de sus donativos, sino muy especialmente en el descuido de sus deberes de Protector.

Ejemplo de esta incuria es el retardo en el nombramiento de los indispensables bibliotecarios, anunciado como que se hubieran hecho ya en el artículo de La Gaceta, y que no se hizo, porque el Protector demoró dos meses en pedir al Cabildo los fondos para pagarlos.

Designados los empleos que iban a crearse y hasta los candidatos que se nombrarían, en La Gaceta del 13 de setiembre, sólo el 12 de noviembre, dos meses después, Mariano Moreno dirige aquella nota que los panegiristas han llamado “Un documento terminante”, y que lo único que pone de manifiesto es una morosidad inexcusable: “El honroso cargo que la Excma. Junta me ha conferido de protector de la Biblioteca Pública de esta ciudad me pone en la obligación de solicitar todos los arbitrios conducentes…  Nada se habría adelantado con la formación de la Biblioteca pública… si al mismo tiempo no se provee la dotación de los dos Bibliotecarios…” (9)

Esta comunicación, en que los panegiristas quieren hallar una prueba terminante de que el numen fue el fundador y se desvivía por su fundación, y alguna de cuyas frases se han inscripto en ostentosas placas de bronce, más le valiera haberla olvidado, atendida su fecha, pues constituye un testimonio de su falta de interés y de cariño hacia la institución…

¿Por qué tardó dos meses en hacer un pedido tan simple y tan necesario?  Mucho más diligente fue el Cabildo, que no bien recibió la retardada nota se reunió en acuerdo y en el mismo día concedió lo solicitado. (10)

Ahora que ya estaban dotados de sueldo los bibliotecarios, ¿creerán los lectores que el Protector –alma de la Junta- apresuraría sus nombramientos, para que de una vez emprendieran sus tareas?

Pues no fue así.  Dejó pasar todo el mes de noviembre, y casi todo el siguiente mes, y sólo el 28 de diciembre se extendió el decreto.  ¡Demasiado tarde!  Ya Fray Cayetano Rodríguez a quien se deseó nombrar, según refiere La Gaceta, no podía encargarse del asunto.

Juan María Gutiérrez, que conoció a fondo la historia de la enseñanza en el país, no menciona a fray Cayetano Rodríguez, quien no ocupó jamás ningún cargo en la Biblioteca Pública a pesar de que los historiadores le atribuyen estas funciones, sin ninguna prueba.  Ni en la historia de la enseñanza, ni en la biografía del insigne conventual, al aludir a sus trabajos en la biblioteca de San Francisco, se dice palabra de lo que haya hecho en la Biblioteca Pública, omisión inexplicable si hubiera algo que decir. (11)

Resumamos: Reduciendo a cifras todo lo que han arrojado los archivos argentinos en 150 años de afanosa búsqueda, como prueba de la actividad devoradora de Mariano Moreno en este glorioso capítulo de su historia, hallamos lo siguiente, desde el 22 de agosto de 1810 –fecha de su primera actuación en el asunto-, hasta el 28 de diciembre de 1819, fecha de la última.

1º) Nota del 22 de agosto, al gobernador de Córdoba, sobre los libros del Obispo Orellana.  (Esta nota tiene 10 líneas).

2º) Nota del 2 de setiembre, al Administrador de Temporalidades, pidiendo una casa para la Biblioteca.  (Tiene 5 líneas).

3º) Nota del 7 de setiembre (fecha enmendada: un 7 sobre un 6) al presbítero Chorroarín; pidiéndole los libros del Colegio de San Carlos (Tiene 15 líneas).

4º) Nota del 7 de setiembre (fecha también enmendada: un 7 sobre un 6) al Obispo, pidiéndole los libros del Obispo Azamor.  (Tiene 11 líneas).

5º) Nota del 15 de setiembre, a Chorroarín, agradeciéndole sus libros.  (Tiene 9 líneas).

El nombramiento de bibliotecario se limitó a Segurola.  Tampoco éste, ocupadísimo en la difusión de la vacuna antivariólica recién conocida entonces, pudo aceptarlo.  Nombrado el 28 de diciembre, renuncio el 31.  No obstante lo cual suele ponerse en letras de molde su nombre como el del primer Director de la casa.

Después de estas comprobaciones, sacadas nada menos que del “documento terminante” ¿puede nadie venir a ponderarnos la diligencia sobrehumana (12), los desvelos de Mariano Moreno por la Biblioteca?

6º) Nota del 24 de setiembre, al Provincial de San Francisco, pidiéndole permita a fray Cayetano Rodríguez desempeñar el empleo de Bibliotecario.  (Tiene 7 líneas).

7º) Nota del 1º de octubre, al Tribunal de Cuentas, pidiéndole una pieza para ampliar la Biblioteca.  (Tiene 8 líneas).

8º) Nota del 12 de noviembre, al Cabildo, pidiendo fije el sueldo de los bibliotecarios.  (Tiene 20 líneas, y se la llama con énfasis: “Un documento terminante”, y le han dispensado los honores de la difusión en facsímil, como a la “Magna Carta” de Juan Sin Tierra, o al Testamento de Isabel la Católica).

9º) Decreto del 28 de diciembre, nombrando a Segurola.  (Tiene 13 líneas).

Resumen: 8 notas y 1 decreto, con un total de 98 líneas, a las que, para ser enteramente justos, deberíamos agregar dos líneas más por pieza, correspondientes a la fecha y a la firma del prócer.

Ciento dieciséis líneas, a distribuir en 128 días de Protectorado.  No alcanza a cumplirse el laborioso aforismo latino: “Nulla dies sine línea”, porque hay 12 días en que la portentosa actividad del Protector se tomó el merecido descanso.

Nuestros lectores deben recordar aquel juicio de desalojo de una pieza de la Recova, que siguió el numen, contra un inquilino cuando ejercía su profesión.

Pues bien, para echar a la calle con su familia y sus bártulos a un pobre hombre, que no podía pagar el alquiler, nuestro prócer elaboró un expediente en que el solo alegato de bien probado ocupaba no menos de cincuenta fojas, o sea diez veces más que todos los trámites que realizó a favor de aquella criatura cuya paternidad le atribuyen.

¡Y a esto le llaman fundador de la democracia y fundador de la Biblioteca!

Referencias

(1) Mitre, B. – Estudios Históricos, página 104.

(2) Catálogo Metódico de la Biblioteca Nacional, Buenos Aires. Imp. Coni, Tomo I, pp. XIV y XV.

(3) Gaceta de Buenos Aires, Nº 15, del 13 de setiembre de 1810, página 236.

(4) Gutiérrez, Juan M., Noticias históricas sobre el origen y desarrollo de la enseñanza pública superior en Buenos Aires, Buenos Aires (1868), página 802.

(5) Archivo General de la Nación, Gobierno Nacional, 1811, Gobierno Leg. Nº 16.

(6) Gaceta de Buenos-Ayres, Extraordinaria del 17 de setiembre de 1810.

(7) Registro Oficial de la República Argentina, decreto del 2 de enero de 1811, Tomo I, página 98.

(8) Documentos del Archivo de San Martín, Tomo X, página 440.

(9) Archivo General de la Nación, copia existente en la Biblioteca Nacional, bajo el número 14.640.

(10) Acuerdos del extinguido Cabildo de Buenos Aires, acta del 12 de noviembre de 1810, serie IV, Tomo I, página 275.

(11) Gutiérrez, Juan M. – Noticias históricas sobre el origen y desarrollo de la enseñanza pública superior en Buenos Aires, 1868; Idem: Apuntes biográficos de escritores, etc. (Buenos Aires, 1860), página 131.

(12) Se ha empleado esta palabra retumbante para calificar la labor del prócer; por eso la traemos a cuenta; también se la ha calificado de devoradora (¡).

Fuente

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado

Wast, Hugo, Año X, Ed. Goncourt – Buenos Aires (1970).

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