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EFEMÉRIDES. octubre 18 – Fuga de Ambrosio Chumbita (1870)

publicado a la‎(s)‎ 18 oct. 2013 18:00 por Julio Mendoza
Ambrosio Chumbita
Los Montoneros - Obra de Cesáreo Bernaldo de Quiróz (1881-1968)

Los Montoneros - Obra de Cesáreo Bernaldo de Quiróz (1881-1968)

 

Varias son las pruebas documentales que existen acerca del exterminio que sufrieron los gauchos argentinos durante las presidencias de Bartolomé Mitre y Domingo Faustino Sarmiento.  La agonía del hombre de a caballo y la libertad sin alambradas, del coraje probado y la lealtad insobornable, fue la etapa previa para su definitiva postración en la cultura nacional y en la disputa política. Es decir, no fueron considerados sino, más bien, hechos a un lado y matados.  Recién por la década de 1910 florece en algunos intelectuales, como Leopoldo Lugones, algo así como el “redescubrimiento” del gauchaje nativo, aunque gracias a una condición impuesta a sangre, fuego y balas. Ahora sí era factible la reivindicación, pues el gaucho ya no representaba peligro alguno para el orden liberal.

 

Por lo tanto, la persecución, la agonía y la muerte de los gauchos de la vida cotidiana de los argentinos, casi no ha dejado constancias o pruebas de los hechos que los tuvieron como protagonistas.  En el noroeste argentino, uno de los últimos bastiones donde los criollos dieron su vida en pos de una patria con mayor dignidad, hay varios nombres olvidados y pisoteados por la historiografía calumniadora de los que triunfaron y diseñaron el país.  Por eso Ambrosio Chumbita es un desconocido para los habitantes en general, pese a que “era un hombre de la tierra”, como antiguamente se decía de aquél caudillo que mandaba una comarca o provincia por el consenso de la población.

 

Filiación, proclama y primeras acciones

 

Ambrosio Chumbita era hijo del respetado montonero riojano Severo Chumbita, oriundo del pueblo de Aimogasta, en el Departamento de Arauco, al norte de la provincia de La Rioja.  Otros se encargan en señalar que, en verdad, Ambrosio nació en el rancherío de Machigasta, que está apenas a unos siete kilómetros del centro de Aimogasta.  

 

Tanto él como su hermano, Manuel Antonio Chumbita, heredaron de su padre las experiencias que éste había adquirido luego batirse en innumerables batallas junto al general Ángel Vicente “Chacho” Peñaloza. Y como las injusticias prevalecieron y se acentuaron en las comarcas áridas de La Rioja y Catamarca, la sublevación de las montoneras gauchas continuaba, ahora con un nuevo jefe, el caudillo catamarqueño Felipe Varela.

 

El 6 de diciembre de 1866, el coronel Felipe Varela lanza su famosa proclama, donde uno de los párrafos salientes señalaba que “ser porteño, es ser ciudadano exclusivista; y ser provinciano, es ser mendigo sin patria, sin libertad, sin derechos. Esta es la política de Mitre”.  Por eso, entre enero y febrero de 1867, una fuerza de aproximadamente 400 hombres que estaba a las órdenes de Escipión Dávila se suma a la que tenían bajo su mando el coronel Severo Chumbita y su hijo, el capitán Ambrosio Chumbita, en el Departamento de Arauco.  Y que, a su vez, toda la montonera unificada se pondría a disposición de la División que comandaba Estanislao Medina, infante y jefe de Estado Mayor de los federales. Procedente de Chile, este Medina había cruzado la Cordillera de los Andes por pedido del Quijote de los Andes.

 

La primera acción llevada a cabo fue una relampagueante entrada al galope por el Departamento de Tinogasta, en Catamarca, zona donde se produjo un encuentro con tropas mitristas que estaban acantonadas en la zona, desarrollándose el combate.  En esta acción, los federales de Ambrosio Chumbita vencieron a las tropas que lideraban el coronel Melitón Córdoba y el comandante Luis Quiroga.  Tan rotundo fue el triunfo de los gauchos montoneros, que Córdoba muere en combate, mientras que Luis Quiroga fue pasado por las armas unos días más tarde.

 

Las fuerzas de Ambrosio Chumbita, obtenido el triunfo mencionado, vuelven a la provincia de La Rioja, y tiempo después se unen a la montonera de Felipe Varela, que en esos momentos estaba preparándose para el sacrificio de Pozo de Vargas. Demás está decir que el capitán Chumbita participó en la batalla de Pozo de Vargas aquel 10 de abril de 1867, donde las pérdidas federales se contaron en varios miles de gauchos honrados.  La dispersión posterior de las tropas montoneras hizo que tanto el Quijote de los Andes como Chumbita se desplazaran hasta Vinchina, en suelo riojano.

 

Vuelto al Departamento de Arauco, Chumbita reunió allí a las fuerzas de Varela que habían quedado dispersas tras las acciones de Pozo de Vargas. Volvían a reunificarse las incansables montoneras. Ambrosio Chumbita llegó luego a Tinogasta sin alimentos ni víveres. Años más tarde, y en el marco de un juicio espectáculo que se montó contra Chumbita, dirán que él robó en Tinogasta abundante cantidad de animales que pertenecían a los hacendados Felisísimo de la Colina y don Tomás Chueca. También a juzgar por la opinión de los que comparecieron en el juicio de 1869, como la de Exequiel Montivero, se “lo vio a Ambrosio andar en el tordillo de don Felisísimo”.  Una vez aprovisionadas sus tropas, Ambrosio Chumbita partió rumbo a Arauco y, seguidamente, ocupó San Blas de Los Sauces.

 

En San Blas de Los Sauces, al parecer, Chumbita obtuvo una numerosa partida de mulas y “cerca de 200 pesos plata” que le entregó voluntariamente un vecino de Los Sauces, don Francisco Balverdi, para el mantenimiento de sus tropas.  Fundamentales son las palabras vertidas por Manuel Antonio Chumbita, quien aseveró en el juicio de 1869 que Balverdi “no teniendo en moneda los doscientos pesos enteró la suma con prendas de plata, las que fueron devueltas, por lo que en definitiva no entregó doscientos pesos, como lo tiene antes dicho”.

 

Poco después, a mediados de junio de 1867, ocurre el combate de la Quebrada de Miranda, donde los federales de Ambrosio Chumbita obtienen una importante victoria sobre las fuerzas unitarias que estaban a cargo de los coroneles Linares y Barros.  Llegó a tomar numerosos prisioneros Chumbita, pero no los mandó fusilar sino que los incorporó a sus tropas. Al que no le perdonan la vida es al coronel Nicolás Barros, pertinaz “azote de los montoneros de estos departamentos” dirá un viejo colaborador suyo, don Vicente Almonacid.  Un Consejo de Guerra erigido por la montonera triunfante lo condena a morir fusilado, y el día 24 de junio de 1867 se cumple la orden.

 

Pero los objetivos de la proclama de Varela de diciembre de 1866 empiezan a flaquear, no por impericia o debilidad propia, sino por la profesionalización y el número de las tropas mitristas que iban llegando y que presionaban cada vez más a las partidas de montoneros criollos del noroeste argentino.  Desde Paraná, sede del gobierno del general Urquiza, el silencio era magnífico, y en Buenos Aires se mofaban de los “bárbaros” gauchos que padecían un genocidio sin par en la historia. Se empleaba contra ellos todo el rigor de una guerra criminal, si bien, como aclaraba el director de la Guerra, Domingo Faustino Sarmiento, se trataba de una “guerra de policía” contra los “matreros” y “salteadores”. ¡Vaya dialéctica para denigrar al hombre nativo del país!

 

Allí iba, pues, el capitán Ambrosio Chumbita, héroe del último federalismo, camino a Tinogasta, para salvar su vida y la de sus compañeros de lucha. Visiblemente asediado por las fuerzas del general liberal Antonio Taboada, quien saqueó y quemó cuanta vivienda riojana encontraba a su paso, Chumbita fue en búsqueda del coronel Felipe Varela con la idea de irse para Bolivia.  Ambrosio, finalmente, marchó hacia Chile, supuestamente a Antofagasta.

 

No obstante, Ambrosio Chumbita no se da por vencido, y decide regresar al país durante los primeros meses de 1868. Antes de ser detenido por una partida de soldados unitarios, el capitán Chumbita fue visto esporádicamente en Villa Mazán, provincia de La Rioja.

 

Enjuiciamiento lleno de parcialidades

 

El particular ensañamiento que tuvieron quienes juzgaron a Ambrosio Chumbita como si se tratara de un mero delincuente, tiene su “justificativo” en que para la época las principales figuras federales del noroeste habían sido asesinadas o se encontraban fuera del país. El “Chacho” Peñaloza fue degollado y Aurelio Zalazar pasado por las armas después de un juicio confuso. Felipe Varela, enfermo y empobrecido, logró cruzar la Cordillera de los Andes e internarse en Copiapó, Chile, y el coronel Severo Chumbita, anticipándose a la desesperante situación que aguardaba a los últimos montoneros, también traspuso los Andes. Ahora quedaba en poder de los unitarios liberales el capitán Chumbita, figura de trascendente actuación en las filas rebeldes. A los paisanos de las comarcas y los llanos había que escarmentarlos humillando la figura de un jefe de ellos, para que no se volvieran a cometer los alzamientos de las montoneras. De ahí el desarrollo arbitrario de la instancia judicial librada contra el detenido.

 

El juicio llevado a cabo contra Ambrosio Chumbita comienza casi a finales de enero de 1869, en La Rioja capital. Era gobernador de esta provincia Nicolás Barros, acólito de la nueva política que surgía de las autoridades masónicas que se sucedían en la presidencia del país. El propio Barros designará al Juez Nacional Arsenio Granillo para que atienda el juicio contra Chumbita. “Tengo el honor de dirigirme a V. S. poniendo en su conocimiento que este Gobierno, en meses anteriores, tuvo informes fidedignos de que el cabecilla de montoneros y abiertamente rebelde a la Nación, Ambrosio Chumbita, alteraba el sosiego público en las poblaciones del Departamento de Arauco, haciendo sus excursiones vandálicas hasta los límites de la provincia de Catamarca, donde tenía su guarida”, dice una misiva que el gobernador de La Rioja le hace llegar al doctor Granillo el 25 de enero de 1869, y agrega: “Como el teatro de sus crímenes son el Departamento de Arauco y algunos puntos de la provincia de Catamarca, me permito hacer presente también a V. S. que sería conveniente pedir a las autoridades de esas localidades una información de los hechos denunciados”. Dos días más tarde, el 27 de enero, el Juez Nacional Granillo se hace cargo del juicio y de la causa, y como primera medida manda llamar como testigos a habitantes de las zonas de influencia de Ambrosio Chumbita. También, pide que éste se presente para una declaración indagatoria.

 

Los testigos que se fueron sucediendo mientras duraba el juicio eran, en muchos casos, personas de poca instrucción, cuyos testimonios estuvieron plagados de frases tales como “lo sabía de oídas”,  “lo ha oído decir” o “escuchó decir” para referirse a hechos donde estuviera implicado Chumbita. Esta falta de rigurosidad, sin embargo, fue totalmente aceptada como “prueba” para condenar al capitán montonero, sin siquiera preguntarles a los testigos de dónde, de quién y bajo qué circunstancias sabían lo que decían. Como afirma el historiador revisionista Pedro de Paoli, “parecen testigos preparados ex profeso”.

 

Bajo estas dudosas formas prosiguió firme el juicio contra el capitán Chumbita. El 16 de julio de 1869 se le asignó un defensor, el doctor Guillermo San Román, y se nombró como Fiscal ad hoc al doctor Félix Luna. Lo acusaron a Chumbita de haber cometido actos alevosos de pillaje de reses, mulas y caballos, de haber mandado fusilar a oficiales unitarios sin motivo aparente, como el renombrado caso del comandante Luis Quiroga tras las acciones en Tinogasta antes de Pozo de Vargas, etc., etc.

 

Para agravar aún más la situación judicial del detenido, algunos testigos fueron presionados para que confesaran que Chumbita ostentaba el grado de coronel en la montonera. Un coronel montonero, por ejemplo, tenía a su disposición una división lo suficientemente importante como para dirigir una batalla de envergadura. En cambio, alguien con grado de capitán no mandaba una división sino un número más chico de tropas (un escuadrón), el suficiente como para encarar batallas o combates menores. Por ende, que un capitán montonero se mandara por su cuenta a enfrentar una partida enemiga, respondía casi siempre a órdenes emanadas por algún superior. En el caso que nos incumbe, el del juicio contra Ambrosio Chumbita, no fueron pocas las voces que sugerían que tenía grado de coronel.

 

La prueba irrefutable para desmentir la falsa graduación que al enjuiciado le quisieron enrostrar, fue el acta que se le labró el 16 de julio de 1869. Ahí aseguraba, entre otras cosas, que durante toda la revuelta de 1867 participó con el grado de capitán, y que “como Superior no ha dado ningún combate, ni invadido poblaciones, sino como subalterno y obedeciendo las órdenes de su Jefe a quien no podía desobedecer porque era su padre [Severo Chumbita]; que tampoco ha reunido fuerzas por medios violentos, pues, la que tuvo y con la que anduvo en campaña, le fue entregada por su padre”. Esto da una idea genuina de que la montonera federal estaba organizada jerárquicamente, y que no se trataba de forajidos que actuaban guiados por un instinto bárbaro o anárquico, sin sentido.

 

Hubo tres cargos que cayeron sobre la figura de Ambrosio Chumbita, a saber: 1) Delito de rebelión nacional; 2) Violencias, contribuciones y otros excesos ejercidos por el reo en ocasión de aquélla, y 3) Homicidios cometidos en: A) Cerro Negro, Catamarca, contra el capitán Santiago Sierra, ayudante de un oficial unitario vencido en Tinogasta y, B) en Río Colorado, cercano a la catamarqueña Copacabana contra un peón de Ramón Tula, hombre al que supuestamente lo habrían “obligado” sus montoneros federales para que contribuya con 500 pesos plata.

 

En octubre de 1869, Guillermo San Román declara que su defendido, Ambrosio Chumbita, “se halla en una extrema pobreza, y sin los recursos necesarios para proseguir su defensa”, situación que pide sea corroborada por varios testigos que lo conocieron. Pero los funcionarios de La Rioja y Catamarca se conjuran con fanatismo para condenar sí o sí al capitán montonero. De tal modo, en vez de permitir comparecer a los testigos para que hablen sobre la pobreza de Chumbita, les preguntan por los fusilamientos que éste produjo contra Santiago Sierra y Ramón Tula, en 1867.

 

Condena y fuga del gaucho federal

 

Entonces, el doctor San Román pidió al fiscal Félix Luna permiso para hacer una conmovedora defensa de Ambrosio Chumbita, el 6 de noviembre de 1869. Dijo, entonces:

 

“Que los delitos de que se acusa al reo ofrecidos a la luz de la jurisprudencia criminal, no arrojan suficientes méritos para justificar el doloroso extremo del patíbulo donde el señor Procurador Fiscal se coloca, al pedir la pena ordinaria de muerte contra el reo que defiendo (…) Pero ya que aún se ostenta como una sombra repugnante en nuestros códigos penales el patíbulo, fuerza es aceptarlo como institución, y combatirlo en su aplicación al reo Ambrosio Chumbita (…).

 

“Aceptaré, desde luego, la participación que el Procurador Fiscal atribuye a mi defendido en la rebelión del año sesenta y siete, negándose, sin embargo, el rol con que lo hace figurar en aquellos sucesos, pues jamás subió de capitán de las fuerzas rebeldes. Chumbita, señor Juez, fue apenas capitán y no coronel, como lo afirma el señor Fiscal”.

 

Continuó expresando Guillermo San Román: “Recuérdese que las masas de la Provincia resistieron tenazmente en cinco años el nuevo orden de cosas que surgió de la victoria de Pavón, y que para dominar aquella resistencia, sostenida con una constancia verdaderamente salvaje, las fuerzas nacionales ejercieron todo género de hostilidades, sin suspender las ejecuciones a lanza y cuchillo sobre el enemigo que combatían, sembrando así el luto y el terror en todas las poblaciones de la provincia, que luchaban más por el instinto de su propia conservación, que por el convencimiento de la justicia de su causa, de la cual no se daban cuenta quizás. (…) La rebelión del 67 fermentaba en el instinto de nuestras poblaciones desde que los jefes nacionales, creyéndose árbitros de la vida de nuestros paisanos, abrían una tumba y abrazaban una cruz en cada palmo del territorio de la provincia. Esa guerra de sangrienta conquista reaccionaba contra el orden natural de la vida social, y preparaba, lógicamente, los horrores, la devastación y la ruina producidas en las familias de La Rioja por la venganza brutal de nuestras masas”.

 

Más adelante, pone seriamente en dudas la imparcialidad del juicio contra Chumbita, al decir que “vencida la rebelión, que contó por partidarios y sostenedores quizás a los mismos que deponen contra el acusado, la reacción de las conciencias contra sus hombres y sus propósitos se ha operado de una manera exagerada, y nada imposible sería que la justicia misma se extraviase en la averiguación de los hechos, desde que tiene que tomarlos en fuentes tan inseguras como es el testimonio individual o colectivo en poblaciones que han sido actoras y espectadoras al mismo tiempo en el drama sangriento del 66 y 67”.

 

Próximos a la aplicación de la sentencia, el Fiscal Gregorio Moreno reemplaza al abogado Félix Luna, quien se halla en otra provincia, mientras que el nuevo Juez Federal será el doctor Mardoqueo Molina. Éste condenó, el 10 de septiembre de 1870, “al reo Ambrosio Chumbita a la pena ordinaria de muerte”. El caso es apelado ante la Corte Suprema de Justicia por el abogado defensor del montonero, doctor San Román. No obstante el último esfuerzo por impedir la ejecución del caso, en Buenos Aires existe plena satisfacción por una nueva y próxima eliminación de un caudillo federal.

 

A medianoche del 18 de octubre de 1870 corre la noticia de que Ambrosio Chumbita se había fugado de la cárcel pública de La Rioja capital, “con los dos centinelas que custodiaban el calabozo donde  éste se hallaba, habiendo dejado en el mismo los grillos”.

 

La justicia liberal se ocupó hasta el año 1892 para ver si podía dar con el montonero prófugo. Sus funcionarios estaban sedientos de sangre criolla, como en el pasado sus mentores Sarmiento, Mitre, Sandes, Paunero, Taboada o Arredondo. Finalmente, la causa volvió al juzgado original, en La Rioja, por orden de la Secretaría de la Corte Suprema de Justicia.

 

El digno representante de la última montonera riojana, capitán Ambrosio Chumbita, nunca más logró ser capturado. El monte, la libertad y las huellas de la patria vieja habrán sido su mejor refugio ante el avance de una modernidad gris que se desprendía de todo vestigio de nacionalidad.

 

Fuente

De Paoli, Pedro y Mercado, Manuel G. “Proceso a los Montoneros y Guerra del Paraguay”, Eudeba, 1973.

Luna, Félix. “Felipe Varela. Grandes Protagonistas de la Historia Argentina”, Editorial Planeta, Octubre de 2000.

Turone, Gabriel O. – Vida del montonero federal Ambrosio Chumbita – Buenos Aires (2009)

 

Se permite la reproducción citando la fuente: www.revisionistas.com.ar




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