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El músico preferido de Rosas

publicado a la‎(s)‎ 16 abr. 2013 3:53 por Julio Mendoza

Murió casi en la indigencia y olvidado de todo el mundo, a la avanzada edad de más de cien inviernos, era un músico español que vino a esta parte de América allá por los años cuarenta del siglo XIX.  Era músico, y de los buenos, y, al par que músico, empresario de teatros.  Se llamaba Francisco Gambín, nombre y apellido que han de recordar los que hayan escuchado hablar de los desaparecidos teatros Argentino y Victoria y aún de aquel otro llamado Del Porvenir, que, -en el local de una cancha, Chacabuco, entre Victoria y Rivadavia- supo hacerlo elegante y lujoso, por arte de birlibirloque, en quince días, el gran escenógrafo español, cómico y director de escena, Francisco Torres.  ¡Qué chiche era aquella “tacita de plata”, que sólo funcionó seis meses para convertirse luego en depósito de mercaderías, como el antiguo Argentino y el de la Victoria en un pasaje y en una pinturería…  ¡Sic transit gloria mundi!  Y más lo han de recordar al viejo maestro y empresario teatral, nuestros vecinos, los de Montevideo, de cuando aun era el Felipe y Santiago del portugués Figueira, -hombre feo el tal Figueira; pero, eso sí, caballero finchado a carta cabal- pues fue allí, en Montevideo, donde primero desembarcara al venir de la madre patria y compartiera, no recuerdo si antes o después, con su colega, el húngaro Francisco José Debali, autor de la música del himno cuya letra, se dice, fue escrita por el célebre poeta Francisco Acuña de Figueroa, a quien llamaban el Quevedo Uruguayo, por lo improvisador y festivo; y otros, aseguran, la improvisó el cómico Quijano, excelente cómico, que ladraba “come un cane” en el espantoso drama “El perro de Castillo”, -haciendo de perro- y reía, estrepitosamente, en “La carcajada”, imitando al inolvidable actor argentino José Casacuberta, que murió en Santiago de Chile representando “Los seis grados del crimen, y del que Sarmiento se ocupara elogiosamente.

Fue en Montevideo donde pisara por primera vez tierra americana; pero como no encontrara acomodo por aquellos pagos, a causa de las continuas e interminables disensiones sangrientas entre “oribistas” y “riveristas” (blancos y colorados), nuestro Francisco decidido trasladarse con su música a Buenos Aires, por aquel entonces bajo el gobierno de Juan Manuel de Rosas, a pesar de tener teóricos conocimientos de los puntos que calzaba “El Nerón del Plata”, como lo llamaban sus enemigos, “los inmundos salvajes unitarios”; pero como Francisco decía, con su sal andaluza, al narrarnos esta anécdota de su zarandeada vida de artista:

“¿Y a mi qué.  Yo, ya había aprendido a saber que los sonidos modulados, vulgo música, ablandan las peñas más duras, y si Orfeo, padre o creador de las armonías, bajó al infierno y domó (válgame el dicho) con los acordes de su lira al diablo mayor y toda su corte, ¿por qué no habría yo de hacer lo mismo con los agudos de mi flauta en esa otra guarida de endriagos y trampantojos?

Y aquí se vino, trayendo como introducción nada menos que una bondadosa misiva del ex presidente uruguayo, excelentísimo general señor Manuel de Oribe, para el otro excelentísimo general señor Juan Manuel de Rosas.

Item más: (hombre precavido don Francisco) el cintillo colorado con la histórica leyenda, en letras doradas y muy visibles: “¡Federación o muerte! ¡Mueran los salvajes unitarios!” que, antes de desembarcar, se colocó en un ojal de su casaquilla… “De color arratonado, por más señas”, añadía.

Pues, resultó que, con las ropas humedecidas por las ráfagas de la travesía y sin más descanso –como los caballeros andantes-, acompañado por el entonces capitán del puerto de la heroica Buenos Aires, coronel Pedro Ximeno (del que tomó datos prudenciales), se plantificó en Palermo.

Y bastó que se hiciera anunciar por el otro Pedro (Regalado Rodríguez), secretario escribiente de su excelencia, como portador de la referida misiva del general Oribe, para que, sin más trámite, fuera introducido a la presencia del Restaurador de las Leyes, el que, después de observarlo, de medirlo de arriba abajo, y de leer detenidamente la carta de su aliado, le preguntó, sin más preámbulo:

- ¿Usted es gallego?

- No, señor, -le contestó don Francisco, sonriendo maliciosamente- soy nativo de Cádiz.

- Bueno, -afirmó Rosas, impaciente- gallego de Cádiz.

- No, señor, -le retrucó nuestro hombre, achacando a ignorancia geográfica la afirmación de su excelencia- andaluz de Cádiz.

- ¿Y por qué usa la divisa? –le preguntó Rosas, que seguía observándolo, sin hacer caso de la rectificación.

- ¡La divisa! –exclamó don Francisco, palideciendo ante aquella mirada escrutadora-  Uso la divisa porque…. –agregó tartamudeando, sin hallar en su solfa una nota que armonizara con la pregunta.

- Esa divisa, -le dijo entonces Rosas, con un fruncimiento de cejas que más lo estremeciera-, no la usan los gallegos si no son federales probados, ¿entiende?, y usted ha de ser uno de tantos que por adulonería se la ponen.  Sáquesela no más y espere a que yo se lo ordene para ponérsela…  En fin, ¿qué quiere? –volvió a preguntarle bruscamente.

- Pues yo he venido, excelentísimo señor, porque se me ha dicho que su excelencia desea que le formen una banda militar y yo podría…

- ¿Quién se lo ha dicho?

- Ultimamente el coronel Ximeno.

- ¿Usted es músico?

- Si, excelentísimo señor.

- ¿Y qué instrumento toca?

- Puedo decir que casi todos, excelentísimo señor, mal que bien; pero, mi especialidad es la flauta aguda -añadió don Francisco, con cierto tufillo pedantesco.

- ¡Aguda! –exclamó Rosas sorprendido-, ¡Flauta aguda!… ¿Qué instrumento es ese? –preguntó, como si extrañara el denominativo.

- Este, excelentísimo señor. -repuso el músico, quien, por lo que pudiera ocurrir o “por lo que potes contingere”, como él decía, lo llevaba en el bolsillo, y desenfundó un diminuto instrumento de ébano con varios agujeritos.

Rosas se lo tomó, hizo como si lo examinara prolijamente y devolviéndoselo:

- ¿Luego lo que usted toca es un pito? –le preguntó.

- Flauta aguda, excelentísimo señor…. –replicó don Francisco- Flauta aguda, -repitió- a que algunos dan, impropiamente, el nombre de pífano.

- No jorobe, amigo –le contestó Rosas, tomando de nuevo el instrumento y haciendo que lo examinaba más detenidamente-  Este es un  pito -y soplando en el primer agujero produjo una nota chillona, para añadir en seguida-  ¿No ve que es un pito?

Don Francisco quiso protestar de nuevo; pero se contuvo porque con “aquel hombre” no había discusión posible.  (Después supo que se lo había estado “fumando”).  Por otra parte, fuera pito o fuera flauta, -flauta o pito- nada le importaba con tal de conseguir un objeto.

- Bueno, excelentísimo señor, será pito, -contestó transigiendo-  En Europa y en algunas partes de América, -añadió, con cierta importancia comunicativa- ese… instrumento es indispensable en las bandas.  No hay banda que no la tenga ya.

- A ver, toque –le insinuó Rosas, devolviéndoselo.

- ¡Solo, señor! –exclamó don Francisco-  No se acostumbra.

- ¿Y a mí que me importa que no se acostumbre? –le replicó Rosas impaciente-  A ver, ¡toque!… ¿o es que no sabe?

- ¡Que no se! –volvió a exclamar don Francisco, indignado por lo que él consideraba de las mayores ofensas que pudieran hacerle.  (Decirle a él, a don Francisco Gambín, que no sabía tocar su instrumento favorito….¡No faltaba más!)-  Pues bien, excelentísimo señor, -barbotó, en un suspiro de conmoción profunda-  por complaceros allá va y… perdonad sus muchas faltas, como se dice en los sainetes.

Y poniéndose en postura y alzando la mirada, como si implorase en ella a sus dioses penates, produjo una escala “brava” y la emprendió en seguida con un solo de flautín.  Y fue tan del agrado del excelentísimo señor y aun de don Eusebio de la Santa Federación que acudido había y seguía con gesticulaciones payasescas aquellas notas “chillonas”, que, inmediatamente, don Francisco quedó nombrado “músico mayor de Palermo”, con la obligación de formar la referida banda militar que serviría de retreta y para dar conciertos en el histórico puente del lago, donde atracaba el famoso vaporcito de ruedas.

Pues manos a la obra, -se dijo don Francisco, satisfecho de su suerte y de lo bien que lo había tratado su excelencia, para añadir, en el colmo de su gozo-  ¡Si ya decía yo que no era tan fiero el león como lo pintan!

Y en un periquete, a este quiero y a aquel desahucio, formó su banda marcial con los más hábiles cornetas que en Palermo había.

Y, fue una tarde, de verano por más señas, en que, adiestrados ya sus discípulos “magistralmente”, se dispuso, rebosante de orgullosa vanidad, darle a su excelencia “la gran sorpresa del siglo”.  Así, pues, se dirigió cautelosamente, muy cautelosamente, a las habitaciones en que su excelencia solía recibirlo cuando estaba de buen humor.

- Ya verán, ya verán –iba diciendo “in mente”- como se pone el “Héroe del Desierto” cuando oiga….

Y engolfado en la prematura satisfacción que la agradable sorpresa les produciría a cuantos le oyeran “su banda”, aquí entro y allí salgo, logró por fin, dar con una puerta tras la cual le pareció oír la voz de su excelencia.  Abre, y… efectivamente, El Restaurador allí estaba, en aquella habitación, conversando familiarmente, “muy familiarmente, -añadía don Francisco- con una hermosa dama.

- ¡Eh! –le gritó Rosas al verlo, frunciendo el seño.

- ¿Cómo se atreve? ¿Qué quiere?  -clavando en él la mirada terriblemente fría de sus ojos azules.

- Pues… -articuló don Francisco, tartamudeando y temblando como perro chino en invierno-, ¡nada señor!… Es que la banda… Sí, señor, la banda ya está dispuesta esperando a que su excelencia quiera…  -y salió de allí a todo escape, gesticulando, accionando y murmurando: ¡Me fusila!….. lo he leído en su actitud…  El león es más fiero de lo que lo pintan-.  Y aquí caigo y allí me levanto, llegó al puente, en el que, firme, lo esperaba su banda de cornetas.

- Atención, muchachos –les gritó con las voz trémula y ademanes descompasados de mando-  Atención, he dicho –añadió, enarbolando su diminuto instrumento a guisa de batuta-  ¡Vamos, que ya vino su excelencia!  A ver, tres por cuatro… El minué nacional.  ¡Mucho cuidado!  ¡Mucho cuidado!

Y señalando el compás con el referido instrumento, la emprendió con su flautín “dale que dale”, cuando vio venir a su excelencia, acompañado de Manuelita y otras damas; de los representantes del cuerpo diplomático francés –con los que su excelencia acababa de ajustar el tratado de paz-; el ministro Arana; oficiales de guardia y otras personas que, a distancia respetuosa, prestaban curiosa atención, como aquéllos, a las bien combinadas y ejecutadas armonías de la banda, que tocaba la pieza favorita de Rosas, como nunca se había oído en Palermo.

“En aquel momento, -decía el viejo músico- deseaba que me tragase la tierra.  Yo hacía cuanto me era dable para pasar desapercibido, escondiéndome detrás de los muchachos y repitiendo “in mente” mientras soplaba en mi instrumento: Me fusila…  ¡No hay más que me fusila! Cuando oigo la voz de Rosas que me llama: “¡Maestro!”, sonando en mis oídos como si fuera la trompeta de Jericó.  Había llegado el momento terrible de castigar mi indiscreción, mi imperdonable imprudencia, y no me atrevía a moverme cuando su excelencia gritó, imperativo: “¡Cese la música!”.  La música cesó con sorpresa para todos, y “¡Maestro!” volvió a repetir su excelencia, llamándome impaciente….  Ya no había escapatoria: cuando menos, cuando menos, doscientos azotes en….. Santos Lugares.

- ¿A mí señor? –le pregunté, más muerto que vivo.

- Sí, a usted –me contestó, riendo de una manera para mí incomprensible-, a usted, “el del pitito”.

“No había más remedio que acudir, y así lo hice, cabizbajo, resignado como carnero que llevan al matadero, con cara de espectro y mi instrumento “en la diestra temblorosa”.

- Vea – me dijo aquel hombre imponente, cuando me tuvo a su lado-, usted merece….

- Perdón excelentísimo –balbuceé, sin dejar que concluyera-.  ¡Yo no he visto nada!… ¡Son visiones… -gemí, desolado.

- ¡Está usted loco, señor músico! –exclamó su excelencia, para añadir-  ¡Qué perdón ni que visiones!… Merece usted, según la opinión de todos, por lo bien que ha organizado la banda, un premio.

- ¡Un premio, señor!… ¡Excelentísimo señor…  -dije, creyendo que soñaba.

- Sí, pues, -recalcó Rosas- tome -añadió, mostrándome una reluciente onza con su busto.

- Y yo –repuso don Eusebio de la Santa Federación, solemnemente vestido de mariscal-, te condecoro, porque ya lo mereces, con nuestra sagrada divisa. -poniéndome en el ojal el cintillo rojo, añadiendo-  A ver gallego de Cádiz, repite conmigo: ¡Viva la Santa Federación!  ¡Mueran los salvajes unitarios!

- Con que… una onza! –balbuceé, asombrado peripatéticamente, después de repetir la leyenda, no acertando a tomar la recompensa a mis desvelos, mientras don Eusebio, con sus gesticulaciones ridículamente graves e irónicas, me condecoraba-  ¡Cuánta bondad, excelentísimo señor!….  Y yo que creía…

- No creas nada, desgraciado.  –me dijo el bufón de Palermo-  Ni lo que veas con tus propios ojos, ni lo que palpes con tus propias manos, porque todo te saldrá al revés.

- ¡Siga la música! –ordenó su excelencia cuando yo, tomando y besando fervorosamente la aurífera moneda, volví a mi banda repitiendo “in pecto”: Si, bien dice el refrán que no es tan fiero el león como lo pintan

“Y ya en el puente, aturdido, pasmado, asombrado, no pudiendo contener los impulsos de mi conmoción infinita, me dirigí a mis subordinados y barbotando las palabras, les dije: Muchachos, griten conmigo: ¡Viva el excelentísimo general don Juan Manuel de Rosas!  ¡Viva!, ¡Viva el Héroe del Desierto y Gran Restaurador de las leyes!  ¡Viva!  ¡Federación o Muerte!

“Y los cornetas terminaron el estribillo: ¡Mueran los salvajes unitarios!  En tanto, mientras su excelencia y la compañía tomaban asiento en el vaporcito de ruedas que empezó a “navegar” en el estrecho y corto lago a los acordes de mí banda, descollaban deliciosamente, las notas agudas de mi pitito”.

Nota: Francisco Gambín, músico compositor, director de la banda de cornetas de Palermo, en 1840, empresario de teatros, casi hasta su muerte, ocurrida a muy avanzada edad, daba lecciones de piano y composición.  La fotografía que ilustra el artículo fue tomada cuando contaba con 101 años de edad.

Fuente

Archivo Americano y Espíritu de la Prensa del Mundo, Buenos Aires, (1845).

Barreda, Rafael – El “tirano” Rozas y su músico mayor – Buenos Aires (1917)

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado

Turone, Oscar A. – Anecdotario Federal.

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